Hay personas que no se permiten parar, tumbarse en un sofá a ver una película o entregarse a ese placer de hacer “nada”.
Seguir caminando…
Así era ella, criada con férreas bases de esfuerzo, sacrificio y pulcritud a partes iguales. El trabajo engrandece, el esfuerzo forja el carácter y la limpieza dignifica, con estos pilares se alimentó, con la dureza recia y castellana de la falta de sensibilidad, de reconocimiento, incluso de ser vista.
Era la pequeña de una familia emprendedora, los padres tenían un negocio de restauración, la madre en la cocina, el padre, de alta cuna, alternando a veces dentro y siempre fuera del negocio.
Cuando nació el primer hijo, no podían ocuparse de él, así que el padre se lo dio a su hermana sin miramientos, lo primero era el restaurante. La herida en el corazón de esa madre sigue sangrando hasta el día de hoy. Cuando nació su hija, defendió a capa y espada cuidarla ella entre los fogones, cebollas y arroces.
Seguir adelante…
A los pocos años el padre murió de cáncer, el alcohol, los excesos y la noche aceleraron el proceso, así que la tía tomó el control del destino de todos. Se quedó con el hijo, puso a trabajar a la madre para ella, cerrando el negocio y se aseguró de que ambas vivieran lo suficientemente cerca pero no demasiado.
Ella pasó su infancia con su madre, la cuidaba, le daba todo lo que podía económicamente hablando, emocionalmente, sin embargo, no estaba disponible. Peleada con el mundo por perder su libertad. Llena de resentimiento y culpa por haberse dejado arrancar el hijo de su lado. Alimentando día a día el odio y la impotencia contra su cuñada.
Eligió vivir en el odio, por lo que el amor salió huyendo; era incapaz de sentir paz porque estaba perdida en el amargor de la culpa.
Seguir sin mirar atrás…
La madre la quería con ese sabor duro de la crianza de antes, pero nunca llegaron esas caricias, esas palabras de aliento, esa ternura. La hija miraba a su madre anhelando afecto mientras la mirada de ella buscaba con desesperación captar la atención del hijo ausente.
Ella se construyó a si misma, fuerte, rotunda, temperamental y auténtica, con una profunda herida de abandono, que alimentó la muerte del padre, la falta de disponibilidad afectiva de la madre y la distancia de ese hermano que vivía desde su soledad edulcorada con caprichos, sintiéndolas como si fueran dos extrañas.
Seguir avanzando…
Así que el personaje que la salvó en su infancia se hizo mayor con ella, corriendo hacia delante, sintiendo el vértigo de buscar fuera, de llenarse de trabajo, de actividades, de planes…..sin tiempo para escucharse en silencio. Se independizó antes de que la soga del control de su madre la ahogara del todo.
Su casa era la casa de sus amigos, siempre abierta, siempre con espacio para los demás, siempre con la mesa puesta, siempre con botellas de vino abiertas para compartir. Tuviera más o menos era la anfitriona perfecta para todos, generosa en mayúsculas. Eso sí la casa siempre limpia al extremo, ordenada, inmaculadamente blanca.
Seguir corriendo…
Estaba emparejada permanentemente, nunca la conocí sola, siempre con hombres buenos, entregados, enganchados a la vehemencia y a la pureza de su corazón. Era habitual presenciar discusiones sonoras. Todo era blanco o negro. Todo o nada. Vivían en el filo de dientes de sierra. Una lucha de poder, en la que casi siempre ganaba ella y perdían ambos.
Tal vez por eso tuvo muchas parejas, todos tenían en común ser buenas personas. Ni que decir tiene que ninguno de ellos fue santo de la devoción de su madre, de hecho, aún no ha nacido ese hombre, ni nacerá.
Seguir, seguir y seguir…
Llevaba un enorme peso sobre las espaldas, dejó su trabajo, perdió su sueldo, su independencia e inició un trabajo con la familia, “tienes que ayudar a tu hermano” una fuerte recomendación que no era negociable.
Esta decisión cambió su vida, por un lado descubrió una nueva pasión profesional que la llevó a lo más alto y por otro se echó a las espaldas la responsabilidad de la familia, una esclavitud de la que heredó rencillas, cargas y deudas. Entró en una espiral hacia las profundidades de la que no podía salir, según avanzaba, más se hundía.
Correr, correr y correr hacia delante, trabajar, emprender nuevos retos, noches de trabajo, días de trabajo, su vida era una vorágine. Viajes, eventos, presentaciones, timings, sin parar. Su cuerpo siempre respondía, era fuerte, no hacía falta dormir tanto o descansar tanto. Cuando su mente colapsaba se relajaba limpiando sobre limpio, ordenando los armarios.
Seguir con urgencia…
Entró en ese bucle de actividad frenética, desconectada del presente, huyendo de un pasado y buscando un futuro que nunca llegaba. Los años pasaban a la velocidad de la luz, hasta que un día un dolor fuerte vino para quedarse.
Como si la devoraran por dentro ese dolor se instaló a sus anchas ocupando cada día más espacio, crecía más que su resistencia física y mental. La paralizó, era tarde para escuchar sus necesidades, era tarde para hacer cambios drásticos, era tarde porque la madeja de su vida estaba tan enredada que no sabía por qué nudo comenzar.
Diagnósticos, pruebas, hospitales, operaciones, sanitarios, quimio, ensayos clínicos, parches de fentanilo, valium, medicación y más medicación, un millar de imágenes se superponían en una carrera de obstáculos, con el dolor minando los sentidos.
Seguir sin sentir los pies…
Cuando el Oncólogo, al que has entregado tu confianza ciegamente, es tu Dios, tu religión, tu norte, el oxígeno que respiras, te dice que no sabe qué hacer contigo la esperanza desaparece y el miedo te empuja a la rendición. Antes de entrar en un quirófano de urgencia, el cirujano la miró y le dijo, ¿tienes hechos los deberes?, ¿has dejado todo arreglado por si no resistes la operación?.
De repente te das cuenta que has pasado la vida sin querer mirar a la muerte, que no has pensado nada, que no quieres plantearte nada, porque el pánico a esa zona de incertidumbre te paraliza. Es ahí cuando la realidad te golpea con agresividad, te despierta con una ducha helada, ya no hay tiempo para dudar, hay que accionar, hay que tomar decisiones. Elegir.
Sobrevivió a esa operación, hizo las paces con ella misma, se acercó más que nunca a su hermano y eligió estar en la más estricta intimidad, no quería que nadie viera su estado porque no quería preocupar a nadie, tampoco tenía fuerzas para ver la angustia en los ojos ajenos.
Seguir para aceptar y soltar…
Días después la sedaron. Al tercer día llevaron a su madre para que le diera el permiso para irse, viéndola inconsciente, la madre se desmoronó, gritó, cogió su mano mientras las lágrimas no dejaban de brotar. Salieron todos de la habitación para que pudiera despedirse, madre e hija a solas en un monólogo sin réplica.
Esa madrugada partió en paz, acompañada del hombre que la amó incondicionalmente los últimos 12 años de su vida.

Suscríbete
0 comentarios