Me parece absolutamente mágico que los seres humanos tengamos la capacidad de conectarnos a nivel espiritual con consciencias elevadas, maestros ascendidos, otras dimensiones, planos más sutiles y de ser creadores conscientes de la realidad, conocedores de que realmente no hay límites ajenos a las leyes del universo.
De igual manera tenemos la capacidad de desconectarnos de nuestra parte espiritual, de nuestra alma o parte divina, como cada cual quiera llamarlo, de crear la separación entre mente y corazón.
Lo primero es un acto voluntario, una elección, un trabajo personal de crecimiento que no acaba nunca mientras nos sigamos reencarnando; lo segundo puede ser otra elección absolutamente inconsciente o si no lo es, parecerlo.
Cuando nacemos estamos perfectamente alineados con nuestro plan de vida, todas las experiencias que vamos a vivir, junto con el entorno, condiciones, seres, relaciones, etc, nos van a ayudar con esa detallada planificación. ¿Qué nos pasa entonces para alejarnos de esa planificación y desconectarnos?. El llamado libre albedrío.
Ser seres sutiles en el plano de la luz es vivir en el amor, la unión con el todo, la armonía y esa paz interior difícil de explicar. Cuando venimos a la tierra que es el planeta de las emociones, nos densificamos, nos vamos acercando a nuestro personaje, creando nuestra realidad en base a creencias basadas en el miedo, la culpa, el sufrimiento, el dolor, etc.
Con lo que nos identifiquemos dibujamos esa realidad, confeccionamos esas creencias que se ramifican en nuestra mente. Lo que nos sucede nos coloca en un posición de víctimas, en la que la famosa culpa es de otros, y como un roedor en una rueda sin fin, avanzo corriendo sin parar.
Mientras no tengamos la motivación de parar, de tomar distancia desde una posición más elevada, de viajar hacia dentro, observarnos desde la mirada de una gran madre con su bebé recién nacido y buscar, rebuscar, mover, remover hasta ir identificando porqué pienso cómo lo hago, porqué reacciono ante tal o cual estímulo, qué herida o heridas se detonan en mi ante comportamientos de quienes me rodean, cómo me miro, como me trato, cuánto me amo o desde la honestidad cómo me siento conmigo misma.
Tras la valentía de ese descubrimiento en el tiempo, sin apegos, sin juicios, permitiendo que todo brote sin filtros, de una forma amorosa, pero de una forma eficaz, ir entendiendo, comprendiendo y descubriendo qué máscaras he ido colocando a mi personaje y lo más importante porqué y para qué.
Con la convicción de que esta responsabilidad hacia mi y hacia los demás se convierta en un hábito que cuide y alimente, creciendo día a día.
Porque si me mantengo en la separación, comienzo a dejarme llevar por el miedo, bien alimentado por la matrix, a mirar fuera en vez que asumir mis propios errores y las consecuencias de mis actos, o convirtiéndome en una víctima perfecta de todo cuanto sucede, quitándole a ese roedor su rueda eterna de bucle.
En ese tipo de existencia, al morir, el alma está desconectada de su ser superior, de su parte espiritual, apegada a lo material y llena de emociones de baja vibración, que impide que sepa cual es el camino de vuelta. No quiere entrar en contacto con sus guías, desconfía de ellos, se queda pegado a lo que conoce, a quien o quienes le rodean.
Afortunadamente el amor es la fuerza más poderosa que existe y muchos pasadores de almas, haremos nuestro trabajo recuperando esas almas y mostrándoles el camino de regreso a casa. Lo sepamos o no, nunca estamos solos, nos cuidan, nos acompañan y si lo permitimos, nos guían muchos seres de luz.
Partimos sin nada, sin el dinero que hemos ansiado, sin los bienes por los que nos hemos consumido, sin las joyas, los coches, las personas, sin esa casa que tanto te gusta, sin el objeto del que no puedes desprenderte, sin tus hijos, tus animales, tus, tus, tus… porque nada tienes, nada nos pertenece.
Si te resuena, si lo sientes, y algo de todo esto te recuerda tu camino, vete hacia dentro, medita, observa, abre tu corazón a reconocerte, a amarte, a sanarte, a confesarte, a responsabilizarte de tus actos, a cambiar tus emociones, a darte cuenta de que eres, al igual que todos, un ser espiritual viviendo una experiencia humana, en un proceso de aprendizaje. No hay errores, solo lecciones. ¡Todo está bien, todo es perfecto!
Eres una inmensa luz que sólo sabe vibrar en el amor, accede a tu esencia.

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