ENCRUCIJADA

por | Jul 5, 2026 | Reflexión, Relato | 0 Comentarios

Para no discutir dejé que organizara mi vida, permití que ella tomara las decisiones «sensibles» y yo simplemente ejecutaba. De esta manera no había críticas, ni errores.

Para no discutir me casé en régimen de gananciales, mi capital era superior al suyo pero no quería que ella se sintiera inferior por ello. Y ahora me siento aprisionado por el tema económico.

Para no discutir dejé que su familia entre y salga de mi casa, cuestione mis hábitos, eduque a mis hijos y cada domingo tenga que comer con ellos caiga quien caiga. He de confesar que ya no les soporto; no puedo con su radicalismo, su simplicidad y su profunda estupidez.

Para no discutir he dejado que en cada pelea ella se salga con la suya ahogando con sus gritos mi voz. Son victorias por imposición. Por eso cuando el terapeuta nos hablaba de comunicación, ambos desconocíamos el significado.

Para no discutir me hice pequeño, me convencí que eso era el matrimonio, que si ella era feliz yo sería feliz, sin darme cuenta que cuanto más tirana se volvía más ausente estaba yo. Normalizaba que ella gestionara mi dinero, mi tiempo libre, cuestionara a mis amigos, me alejara de mi familia y jugara a manipular mi culpa, para salir siempre elegida como la víctima.

Hasta que un día llegó una nueva compañera a la oficina, que me miraba con interés, que me escuchaba con admiración, que me sacó con sus manos el pozo de olvido y fango en el que me había ido yo solito hundiendo, por aquello de no discutir.

Y me miré al espejo y no me gustó lo que ví, un completo desconocido, más inseguro, más viejo, más cobarde, más insatisfecho, más infeliz y lleno de miedos.

El bofetón de realidad me ha colocado en una encrucijada que por un lado me impulsa tomar una decisión y por el otro me paraliza el pavor de ser el artífice de una separación. No porque no desee hacerlo, sino porque no quiero ser «el malo» de la película, que con esa etiqueta lo pierde todo, siendo cuestionado por los demás.

Tal vez por eso, ahora discuto a todas horas, cada vez soy menos cuidadoso al ver a mi compañera, a mi amor; por eso cada vez estoy más presente en mis ensoñaciones románticas que en la realidad de una cotidianidad que me ahoga. Porque espero un milagro externo que lo dinamite todo.

Tengo momentos de lucidez en los que me cuestiono si me habré vuelto loco o estaré atravesando a andropausia, otros que trato de convencerme que no se está tan mal en este hogar que mío tiene poco, y otros en los que me visualizo libre con ella, amado, respetado, paseando de la mano por el centro de la ciudad, mirándola con deseo, amor y complicidad.

No quiero hacer daño, ni dañarme, no quiero ser responsable del fin, ser cómplice del engaño, no quiero sufrir, ni hacer sufrir a nadie… sin embargo, la vida se me está escapando entre los dedos, las emociones, años dormidas, se han despertado con una fuerza que me aterra y me veo incapaz de contener.

He vuelto a sentir las mariposas, las ansiadas mariposas, revoloteando en mi estómago he vuelto a la vida, y ya cuesta mucho más aceptar estar muerto. ¿Qué puedo hacer?

¿Qué quieres hacer?, le respondí. «Qué todo vuelva a ser como antes» o «Volver atrás y tomar otras decisiones» «Hay tantas cosas que no debería haber hecho». En la consulta este hombre de mediana edad me miraba con la súplica de un cachorro desvalido, que se ha dado cuenta que nadie lo puede hacer por él; es el único artífice y protagonista de su vida; el pasado no se puede cambiar, tan solo gestionar el presente para que nos acerque a ese futuro deseado.

¿En qué momento el hombre se acomodó en el niño sumiso? ¿En qué momento la mujer se erigió como la madre castrante? ¿En qué momento aceptaron ambos retorcer en nombre de un perverso amor sus sueños?

Cuántas veces en nuestra vida, nos anulamos, delegamos en otros vivirla, tomar decisiones, ser honestos, ser claros. Buscamos fuera apoyos, ayudas, lianas que tiren de nosotros y nos saquen de donde estamos. Soltamos el peso de nuestra mochila en espaldas ajenas echando a correr sin mirar atrás.

Y todo parece estar tranquilo en la superficie, no obstante cuando uno vive la vida sin coherencia y sin ser honesto con uno mismo, por debajo de esa superficie hay una corriente urgente que antes o después cobrará vida propia y saldrá cual tsunami arrasando todo a su paso.

Antes de llegar a un punto sin retorno de culpa y reproches debería ser cuando uno tiene que responsabilizarse primero de uno mismo y después de las acciones que ha tomado y tomará. El mayor fracaso a mi modo de ver es estar con alguien a quien no amas, puede que el enamoramiento haya pasado, pero el amor, si es real, consciente y «buen amor», crece con el paso de tiempo, o muere si no se ha cuidado por ambas partes. Cuando el amor expira, al igual que cuando nuestro corazón se para, es el fin de esa realidad.

La responsabilidad en una pareja es de los dos, al 50%. No hay víctimas, ni verdugos, ni buenos, ni malos, ambos han tenido su parte de responsabilidad. Lo que vive una pareja en su intimidad sólo lo saben ellos. Nadie tiene ningún derecho a juzgar u opinar, tan solo nos puede servir de ejemplo y aprender. Y ¿ahora qué? ¿Que vas a hacer para ser descubrir quien eres, empoderarte, ser coherente con tu vida, colocando las cosas en su lugar de la mejor manera posible?.

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