AMOR ADOLESCENTE

por | Jun 4, 2021 | Relato | 0 Comentarios

Cuando llegó el Samur ya era demasiado tarde, él había muerto y ella le miraba con un gesto tierno y una sonrisa amorosa en la cara. Todos estaban consolándola, esperando sus lloros, su rabia y ella simplemente les miro y les dijo, le ha llegado su hora y se ha ido en paz, todo es perfecto.

Se conocieron en una de esas aplicaciones para ligar. El humor fue el motor capaz de caldear el amor. Comenzaron con la broma de organizar su boda, entre risas, complicidad, humor, chispa y diversión. Ambos se engancharon como adolescentes cada noche para escribirse, para hacer reír al otro, para estallar en carcajadas en la soledad de sus habitaciones.

El paso para conocerse vino de la mano de él, organizó todo para verla, no sin el miedo de que sino se gustaban pudieran perder ese manantial de buen humor que compartían.

Cuando él la vio le pareció que su sonrisa iluminaba el mundo, cuando ella le vio, se dio cuenta de que se derretía por la forma en la qué él la miraba. Y así hablando, hablando, riendo, riendo, se encontraron rompiéndose los esquemas. Abriendo sus mentes a una relación tan especial como irresistible. Tan sorprendente como hermosa.

Se reencontraron a un edad madura, sin embargo la vivían desde la ilusión de un primer amor, descubriéndose ambos. Acallando las mentes que les perturbaban en la distancia, pero que cuando unían sus cuerpos solo su corazón era capaz de hablar el mismo lenguaje.

Habitaban mundos a priori opuestos, él era un ejecutivo estresado y sin vida, ella una mística que meditaba y comía ensaladas. Ambos admiraban y respetaban al otro. Ella había salido de esos mundos y le veía a él con la comprensión de quien entendía el tipo de trabajo que él tenia. El estaba fascinado por conocer a una mujer tan diferente de las que había conocido en su vida.

Devoraban el tiempo que pasaban juntos, y como si fueran la droga de ambos, cada vez necesitaban más. En poco tiempo comenzaron a vivir juntos, reacomodando sus vidas. Fue algo natural, que no se forzó, no se impuso, sucedió encajando cada pieza en su lugar.

Ninguno de los dos agobiaba al otro, ninguno restaba, ambos se apoyaban, se cuidaban,  respetaban sus momentos, sus espacios, sus silencios. Y ambos regalaban al otro su sentido del humor y su amor. Nada les gustaba más que estar juntos. Se comunicaban, confiaban y se entregaban sin reservas.

Ella era su calma, ese remanso de paz, donde él podía descansar, soltar la presión de la corbata en el cuello y volver a ser él mismo. Él era su galán, su Don Juan, su enamorado tierno, honesto y auténtico, donde ella podía enroscarse feliz y dormir segura.

La vida les sonreía y estaban viviendo una historia de amor madura pero adolescente. Fueron felices muchos años, compartiéndose, regalándose el cuidado y el cariño, crecieron juntos, aprendieron juntos y envejecieron juntos.

Un buen día ella comenzó a toser escupiendo sangre, ella ya llevaba haciéndolo tiempo sin decir nada. No confiaba en la medicina convencional y no quería ir al médico. El la vio y se asustó. El si confiaba en ellos. La llevó a urgencias, le hicieron pruebas y los resultados fueron contundentes, metástasis generalizada. No entendían como podía estar viva y sin dolores.

El le pidió que siguiera el tratamiento, que luchara que hiciera todo lo que fuera necesario para vivir. Ella le miró y le dijo, para qué mi amor, si me tengo que ir, me iré. Estaré junto a ti de otra manera.

El la miro y le pidió que no se fuera antes que él, porque no podría vivir sin ella. Ella se lo prometió.

Fue su enfermero, su amor, su cuidador, su compañero, su amante en todo momento. Ella se siguió manteniendo fuerte, sin dolores, ni medicación, y el sabía que lo estaba haciendo por él, porque ella tenía que mantenerse fuerte para él.

Desde que recibieron la noticia, eligieron disfrutar aún más de su vida, se fueron de viaje, se entregaron mucho más a estar el uno con el otro, se despidieron de los amigos, de la familia, y de alguna manera sus corazones se unieron aún más.

Aquella mañana él se despertó eufórico, había soñado con su boda real, no con la que fantaseaban cuando se conocieron sino con la que le hubiera gustado celebrar con ella. En cuando abrió los ojos, la abrazó y besó hasta despertarla. Y cuando ella abrió sus ojos, él le pidió matrimonio. Ella le dijo que sí. Se levantaron, se vistieron y se fueron al registro civil para preguntar por los tramites y preguntar la disponibilidad de las fechas.

Cerraron la fecha, se abrazaron como dos novios llenos de ilusión, le dio las gracias por haberle hecho tan feliz siempre. Al separarse él se cayó desplomado.

Mientras el Samur, la gente y los funcionarios se movían agitados a su alrededor, ella miraba como él flotaba a su lado, lejos del cuerpo sin vida, como le sonreía, le guiñaba un ojo y le tendía las manos, para que ella, cuando lo sintiera se fuera junto a él.

 

 

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