Era una tarde de primavera, una de esas en que el Sol luce radiante y las flores comienzan a asomar por todas partes.
Yo estaba sola, como era habitual en los últimos meses.
Después de haber sido abandonada por el que creía sería el Amor de mi Vida me había convertido en un ser hosco y malhumorado, sin brillo ni ilusión por nada ni nadie.
Volvía de trabajar en la confitería donde pasaba la mayor parte de mi tiempo; un lugar donde las sonrisas y la alegría lo inundaban todo.
Pero ahora a mí eso sólo me recordaba lo efímera que es la felicidad.
De regreso a mi habitación, al pasar por uno de los puentes de la ciudad, ese al que llaman “de los deseos”, iba despotricando contra la Vida por lo mal que me trataba cuando encontré en el suelo una llave.
Al cogerla, al tenerla en mi mano, me sentí de nuevo en ….¿casa?
No lograba entender de dónde procedía esa sensación tan desconocida para mí.
Me había criado en un orfanato y apenas tenía recuerdos de los que fueron mis padres. Nunca me sentí en “casa” en aquel lugar frío y lóbrego.
Guardé la llave en uno de los bolsillos de mi ajado abrigo y me dirigí a la habitación que compartía con otras ocho mujeres y que era lo más parecido a un hogar que conocía.
Al llegar allí, escondí la llave debajo del jergón y me olvidé de ella.
Mi vida continuó como siempre lo había hecho. Los días pasaban con más pena que gloria y yo cada vez me sentía más prescindible.
Hasta que meses más tarde recordé que tenía una llave debajo de mi jergón.
No sé por qué decidí colgarme la llave del cuello con uno de los cordones de mis botas. Me resultaba incomprensible lo que esa llave despertaba en mí pero aún así seguí mi intuición.
Y con la llave colgada al cuello fui a trabajar a la confitería.
Los dueños de la tienda me preguntaron sorprendidos para qué colgaba de mi cuello una llave y simplemente les contesté: me va a llevar a casa.
Ni yo misma comprendí aquella frase. No sé de dónde salieron aquellas palabras, pero al pronunciarlas todo mi cuerpo vibró como si fueran a convertirse en realidad.
A partir de ese día, la llave siempre pendía de mi cuello.
Día tras día, la colocaba con ilusión en aquel cordón alrededor de mi garganta, esperando, deseando que aquellas palabras se hicieran realidad.
Realmente no sabía qué era sentirse en casa, así que tampoco comprendía muy bien qué iba a hacer esa llave por mí. Pero en lo más profundo de mi Ser, ese deseo latía sin cesar.
Y fueron pasando los días, las semanas y los meses hasta que, de nuevo, una tarde de primavera me paré en el Puente de los Deseos a oír el murmullo del río mientras el Sol bañaba mi piel.
Mientras disfrutada del sonido relajante del río, un aroma a sándalo y madera me devolvió a la realidad. A mi lado, un hombre de aspecto amable contemplaba el discurrir del río.
Cruzamos nuestras miradas y por primera vez en mi vida me sentí en casa.
Todo mi cuerpo se estremeció con una mezcla de miedo e ilusión.
Comenzamos a charlar animadamente sobre esto y aquello; nada importante, nada serio, pero a la vez ¡tan trascendental!
Después de lo que me pareció toda una vida me preguntó mi nombre y si podía acompañarme a casa. Sin pensarlo si quiera le respondí que ya estaba en casa.
Él me miró con los ojos más dulces que existen, me besó en la mejilla y nunca más se separó de mí.
Horas después me preguntó divertido por qué llevaba un cordón de bota como collar. La llave ya no estaba.
En ese instante comprendí que aquella llave me había devuelto la ilusión por la vida, la confianza en que todo es posible, la certeza de que algún día me sentiría de nuevo en casa.
Y al recuperar la alegría me permití atraer aquello que tanto deseaba.
Imagen de gustavozini en Pixabay
Una alegoría deliciosa, Cinta.
¡Gracias!
Gracias a ti por leerla. Un fuerte abrazo