«¿Qué pasaría si tu y yo nos enamoramos?, le preguntó la mente al corazón. Él mirándola a los ojos le susurró: que comprenderíamos el verdadero significado de estar vivos».
A ella ya le habían roto el corazón y prometió no volver a sufrir. Ël tuvo que atravesar unos años de terapia para superar su última relación. Ambos eran aún demasiado jóvenes, sus heridas sangraban más desde la memoria del niño que desde el adulto en el que algún día se convertirían.
Fué el destino juguetón el que los presentó. En su primera cita él no apareció como el príncipe encantador, ni ella como la princesa encantada; no estallaron los fuegos artificiales al verse. La mente de cada cual analizaba minuciosamente cada palabra, cada interacción. Realmente fue el humor, las risas, la naturalidad con la que él se expresaba la que consiguió arrancar las cadenas de protección de ella.
Y fué ahí, justo ahí, donde se reconocieron, como dos almas que se vuelven a encontrar, que han vivido mucho juntas y que sólo necesitan una mirada para saber qué piensa el otro. El volcán del amor explotó. Cada instante, cada momento, cada descubrimiento, era absolutamente perfecto, embriagador y sin embargo; fácil.
Ella se sintió en casa y pudo y quiso ir sacando desde el insondable pozo de sus secretos, todo aquello que había experimentado, sentido, pensado, con toda su honestidad. Él era ese lugar seguro, con mirada amable, comprensiva, llena de amor, recibiendolo todo con un abrazo.
Es hermoso sentirse comprendido, que alguien pueda revivir cada uno de tus pasos, desde su piel, desde la tuya. Porque cuando más se comparte, más se puede reconocer al otro y reconocerse a uno mismo. Esa es la verdadera intimidad, poder acariciar la piel con profundo respeto y sentir, porque antes de eso, nos hemos acariciado el alma, lenta y silenciosamente.
Cada día era más corto que el anterior, las horas se tornaban microsegundos, entre sus besos y su miradas, se intensificaron los sentidos, los anhelos, los apegos, las promesas. Nada parecía llenarles cuando no estaban juntos físicamente. La vida comenzó a galopar con fuerza con el latido del amor, de la pasión, de la locura y de la ternura, en su dosis perfecta para cada momento.
Ambos encontraron en el otro lo que siempre habían deseado, lo que parecía ser un sueño. Vivir en esa nube de algodón y magia. Dejar de comer porque el estómago estaba abarrotado de ilusión. Que todos los planes giraban entorno a ellos, solo ellos. Formar parte de la familia del otro, conocer y pasar el filtro de los amigos. Expandir más y más y más y más ese amor en el pecho.
Solo puedes hablar de la otra persona, repites una y otra vez las palabras, los sentimientos a todos los que te rodean, no existe nada más en el mundo salvo tu amor, su amor, vuestro amor. Con la firme creencia que ese amor es absolutamente único y eterno.
Un día él se enfadó con ella porque se pintaba demasiado, según su parecer. Otro día porque había quedado con un amigo con quien años antes había tenido una relación adolescente. Otro, llegó el primer grito, no le gustaba que usara términos cariñosos con sus amigos, porque debían de ser únicamente para él. Y a partir de ahí, comenzó a lanzar las flechas del pasado de ella, envenenándolas, en su contra. Toda la confianza vertida era devuelta con juicios y reproches, todo ello en nombre de un respeto arcaico, ególatra.
Los miedos se detonaron sin poder controlarlos, como un maremoto. Sin saberlo ella le había abierto las compuertas de toda esa rabia, impotencia, frustración, pavor, el más infantil y primitivo de los miedos. Necesitaba creerse el dueño del control, controlarla, hacerla más pequeña para sentirse más grande.
Gritar por encima de su voz para no oír aquello que no estaba dispuesto a entender. Pasar del diálogo al monólogo desde la fuerza, desde la imposición, desde el ataque. Ella no podía asimilar como ese amor tan idílico se había transformado, de repente, en intransigencia, trataba de explicar, hablar y la interrumpia, la increpaba, retorcía cada palabra contra ella.
Se dió cuenta que lo que se dice y lo que se hace, debe estar en coherencia. Tras las reconciliaciones, las promesas de cambio, los juramentos, las declaraciones de amor, aquello que necesitamos oír. Después deben ponerse en práctica, cumplirse, llegar a la acción. Descubrió que entre las palabras y los hechos, son únicamente éstos últimos los que son reales.
Y tuvo que elegir, o perderse el abismo de los fantasmas de él, o salvarse colocándose en su lugar, en su sitio. Aprendió que el amor no eran lágrimas, ni límites, ni celos, ni posesiones. El amor te hace más grande, te abre la mente, te permite ser mucho mejor persona, te hace crecer, te suma, te ayuda a ser mucho más compasivo. Si el otro es feliz, al instante tu felicidad es mayor. Es un dar y recibir, desde el equilibrio. Es un lugar donde sentirse seguro sin juicios.
Ni él es el malo, ni ella es la buena. Cada uno está en un proceso de vida, cada uno debe sanar su pasado, sus relaciones. Porque sino cada nueva relación va a ir «cobrándose» los rencores de la anterior. Y con los años estaremos viviendo desde la amargura, defendiendonos constantemente, atacando sin piedad, justificandonos en el lado oscuro de la vida, porque realmente abrirnos un poquito a sentir el amor, nos da pánico.
Dejemos de entender el amor como sufrimiento, y comencemos a verlo como el impulsor de nuestra vida, de nuestra alma. Equilibremos nuestros sentidos. Vive, ama, goza, ríe, comparte, enamórate y desenamórate una y mil veces, las que hagan falta. Y si no ha de ser, despidelo desde el agradecimiento, porque te ha dejado una gran lección cada vez una diferente, se va para dejar el espacio libre y que llegue quien deba hacerlo. Todo es perfecto.
Es maravilloso como la vida nos trae aquello que debemos integrar, cada persona que aparece en ella, nos va a otorgar una lección, una experiencia, un aprendizaje. Gracias a cada ser con quien hemos pactado vivirlo. Gracias por su entrega y su generosidad, incluso con papeles menos amables. Esos seres de luz hacen un tremendo esfuerzo por ayudarnos.
Ella con esta experiencia se ha transformado de niña a mujer, desde la compasión, y desde la firmeza se ha elegido, ha comprendido que no es mejor que te quieran mucho, sino que te quieran bien.
Un buen amor. Que te amen como tu realmente necesitas y corresponder como el otro necesita ser amado. Que el hombre que tenga la suerte y la valentía de amarla, tendrá antes que conocerla, de verdad, no crear su fantasía mental sobre quien es ella, sino hacer el trabajo de descubrirla y aceptarla con sus luces y sus sombras. Siendo un compromiso mútuo.
Observar desde dónde amamos, desde la necesidad, desde la carencia, desde la fantasía, desde los miedos, desde la herida, desde el anhelo, desde el deseo, desde el ego. El corazón ama desde la humildad, desde la paz, desde la aceptación, desde la ternura, desde la sonrisa, desde la empatía, desde la generosidad, desde el respeto, desde el reconocimiento.
El día que el corazón haya conquistado la mente será el día en el que el amor adquiera una nueva dimensión. Y hemos venido aquí y ahora a vivirlo. El amor no se piensa, se siente. El amor no se habla, se hace. El amor es una elección de cada dia y amar al otro un compromiso álmico. El amor es libertad.
Que el amor haga su nido en tu corazón para volar tú y alentar el vuelo del otro.

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