VALENTINA

por | Abr 12, 2022 | Relato | 2 Comentarios

El primer día de clase cuando la conocí me pareció vital, coqueta, divertida, hermosa y elegante. Tenía 95 años según su carnet de identidad, nunca hubiera acertado con su edad porque era pura vida y ella lo sabía por eso presumía de tener una edad que no le correspondía, ni a su cara casi sin arrugas, ni a su cuerpo, que pese a las prótesis de caderas, tenía una gran movilidad, ni a su pelo rojo de chica rebelde.

No irrumpía gritando atención, sino que por derecho propio tenías que mirarla. Aquellos ojos despiertos, astutos, cómplices y profundamente compasivos. Tenia la fuerza de un bebé luchando por sobrevivir, por sostener el cuello erguido. Su risa era la marca de identidad, cada vez que se reía todos los que la rodeábamos estallábamos en carcajadas con ella, tenía ese poder, el superpoder de contagiar la alegría. De cambiar la energía sombría de una sala llenándola de luz. De convertir cualquier drama en la más desternillante comedia.

Podía verla sentada en una silla con sus pantalones beige de pinzas, su camisa blanca luminosa y recién planchada, los pendientes de perlas, su cuidado peinado de peluquería, las uñas rojas perfectas y el maquillaje impecable. Incluso llevaba las manoletinas haciendo juego con el bolsito. Cuando la vi, pensé que se había vestido con sus mejores galas para venir a yoga. Y así era, porque su gran salida era el yoga, por eso y para eso se arreglaba.

Porque exprimir la vida es ponerse guapa para todos y cada uno de los momentos que la componen. No importa la excusa, ni la razón, todo se celebra. Y yo me veía con las uñas medio rotas, los pelos libres por no decir de loca, vestida en mallas, descalza… eso sí, con la risa que me aportaba ella dibujada en mi cara. Aprendía de su manera de ver la vida, de su forma de que cada instante supiera a fiesta. Me recordaba que cada día es una nueva oportunidad de disfrutar, de vivir, de estrenar, de sentirte plena.

Paraba la clase para adularla con cariño y con cuidado para no herir sensibilidades, que los otros no sintieran celos. Ella era nuestra mayor y eso nos permitía hacerle concesiones. Pero no llamaba la atención por ser mayor, sino por su personalidad, carisma, diversión y porque ella con su simple presencia conseguía, sin hacer nada, que todos nos sintiéramos un poquito mejor.

Cuando llegaba tarde no se atrevía a cruzar la sala para coger la silla donde sentarse y yo que lo sabía se la acercaba sin que se notara. Ella me decía que era por no molestar.

Por no molestar, una noche no avisó que le dolía la cabeza y al día siguiente tuvieron que ingresarla con un ictus que le paralizó media cara.

Por no molestar, estuvo casada más de 60 años con un hombre que bebía demasiado, pegaba demasiado y se gastaba demasiado pan de los hijos.

Por no molestar, cuidó de su madre y de su suegra hasta que estas murieron en casa, ambas durante muchos años la sometieron a una tiranía compartida.

Por no molestar, salía una hora antes de su casa y subía la cuesta con un bastón cada día para llegar a su clase de yoga, con lluvia, nieve, frío  y sol, daba igual.

Por no molestar, entregaba su pensión al hijo recién separado, que había vuelto a vivir con ella y preparaba la comida todos los días para que él y sus nietos no tuvieran que comer fuera de casa.

Por no molestar, no pedía nada a nadie, lo ofrecía todo y regalaba el humor a cuantos nos cruzábamos con ella.

Por no molestar, pertenecía a la generación de hombres y mujeres, sobre todo mujeres, sacrificadas, duras, que no se permitían concesiones con ellas, que siempre podrán un poco más, que nunca tendrán bastante para los otros, pero nada para si mismas.

Por no molestar, llegamos a clase después de las vacaciones y nos contaron que Valentina se acostó en la cama con una sonrisa y con esa misma sonrisa amaneció muerta al día siguiente.

Se fue discreta, como era ella, sin hacer ruido, pero dejando un gran vacío tras sus pasos. Porque nada engancha más que el humor, apega más que la alegría, contagia más que la felicidad, crea más adicción que el entusiasmo.

Y siento que Valentina nos ha dejado una chispa de su luz para que no nos olvidemos de sonreír y de llenar nuestras vidas mientras estemos aquí de risas y carcajadas. Vivamos lo que hayamos decidido vivir, que la balsa que nos sostenga siempre nos empuje a conectar con la parte más lúdica de la vida. Porque para eso hemos venido. Para sembrar la alegría en los corazones.

Gracias Valentina. Miro hacia arriba llena de gozo porque sé que ahí estarás tu dibujando eternas sonrisas en el cielo.

 

2 Comentarios

  1. Gracias por éste relato, como siempre lo ha hecho la vida me sigue sorprendiendo y esto me llega hoy y justo lo leo en el momento justo para que me ayude a mí evolución. Gracias infinitas

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  2. Hay luminarias que nos marcan el camino hacia la dicha, por difíciles que, a veces, se pongan las cosas.
    Gracias por esta historia llena de sonrisas.

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